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Archivo: Julio 2008

La casa (I)

rocotet 07/07/2008 @ 14:41

La estancia parecía oscura desde el fondo del pasillo, pero una vez uno se acercaba, admiraba la luz que se colaba por las ventanas góticas, que gracias a sus vidrieras proyectaban colores hacia las paredes. Me acerqué hasta el dintel de la puerta, y me di cuenta de que la habitación tenía forma octogonal, sus paredes eran de piedra recia y no había más adornos que el vidrio tintado de las ventanas, que intentaban animar algo la zona. Poco a poco empecé a vislumbrar lo que desde entonces sería mi preocupación. En lo alto de los muros se colgaban decenas de murciélagos que, deseosos de hacerse con algo de sangre fresca, habían acudido a la casa, y ahora no podían escapar de ella. Desde luego estaban en un lugar idóneo para ellos; silencioso, deshabitado, seco y con poca luz, aunque a decir verdad, ahora se encontraban en el sitio más luminoso de la mansión. El constructor y primer hombre que vivió allí fue un ministro de Fernando VII, que gustaba de la caza en los parajes cercanos. Este hombre, al que llamaremos don Juan de las Cosas Buenas, enfermó de gota y falleció, pesando doscientos setenta kilos su ataúd. Su hijo y su nuera se volvieron locos, puesto que creían que su obesidad había sido provocada por las ratas que poblaban a casa, pero desconocían que su padre y suegro se dedicaba a preparar banquetes, sobretodo de carnes rojas y dulces. Creyeron que lo mejor era vender la casa al primer comprador que encontraron, que vio la desesperación que mostraban y ofreció una cantidad miserable. Este comprador era un hombre de negocios -tenía una fábrica de cables eléctricos- y acumuló una gran fortuna exportando sus productos a sitios como Zanzíbar o Cachemira, donde los lugareños con dinero compraban estos avances a cualquier precios para fardar de occidentales. Ese hombre, al que llamaremos Singh, un buen día decidió que ya estaba muy cansado, con lo que se instaló en Calcuta, en una casa de campo en la que pasó sus últimos días en una posición acomodada con la fortuna que había amasado. Ya ni se acordaba de la casa cuando un mensajero le envió una carta en la cual el gobierno le avisaba del embargo de la misma. No le preocupó a don Singh, que aconsejó al gobierno español que la cediera a algún orfanato, pues su distribución era óptima para tener a unos cuantos niños hacinados. El gobierno, y en especial el ministerio de Obras Sociales no le hicieron ni caso, y pusieron el palacio a subasta. Pujaron muchos hombres de dinero; banqueros, médicos, abogados, incluso algún escritor famoso, pero quiso el destino que se la llevara un hombre anónimo, que había heredado un fortunón de su padre, un indiano que vivió en Chile, y que contribuyó a la independencia del país. El hombre anónimo puso muchos empeños en mejorar la casa, poniendo a vivir a su hijo Lope, que era arquitecto y construyó la habitación octogonal de la que hablábamos antes. Esa habitación iba a servir para que Lope, buen cristiano pero dandy, rezara hasta altas horas de la madrugada a San Teodosio. Junto a la capilla había una trampilla con un pasadizo que conducía a la cocina. Lope era un glotón que a menudo se levantaba de la cama para hacer una visita a la despensa. Pero, cosas del destino, que nos acompaña a veces, don Lope Castellanos murió a los tres meses de haberse instalado allí, y sus hijos me vendieron la casa, porque les conocía de haber jugado a la peonza con ellos durante la infancia. Yo era un pobre campesino, que durante mis viajes a Japón, me hice pasar por un adinerado gentleman debido a mi porte, a mi amplia cultura y a un desgastado esmoquin que me prestó un constructor de barcos dentro de botellas. Así vestido, me presentaba a fiestas organizadas por la embajada de Estados Unidos, y allí conocí al ángel que cambió mi vida, a Ichiko Matsusaka, heredera de una gran familia de navieros japoneses. Debido a la afición de Ichiko a la paella y a los platos que yo podía preparar en Osaka, me pidió que volviéramos a España, a mi tierra madre, para formar una familia hispanojaponesa. Ella amaba las obras de Gaudí, los toros y la siesta, pero si hay algo que le gustaba era el flamenco. ¡Cuántas tardes me he pasado con ella en la vieja casa escuchando fragmentos de canciones de Frascuelillo, el Niño de los Cepillos, Capullito de Triana y demás cantantes andaluces! Pero lo que más me gustaba hacer con Ichiko era viajes. En ellos nos solíamos disfrazar de diversa manera para hacernos pasar por mendigos, médicos, músicos... con el fin de experimentar sobre las reacciones de la gente. Ichiko era una gran psicóloga, que a pesar de su ocupación, murió suicidándose a causa de una depresión de caballo. El frío de la sierra nunca le sentó bien. En casa del herrero, cuchillo de palo. En mi casa, de pastores curtidos por el sol, nadie de nosotros comíamos carne, nos daba pena sacrificar nuestros animales, que morían siempre de viejos, cuidados a las mil maravillas.